La vecina del quinto

Sección para contar relatos eróticos o sexuales.
Fernortix
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La vecina del quinto

Mensaje por Fernortix »

CAPÍTULO 1

CARLOS


Me llamo Carlos, tengo 55 años y soy viudo. Mi esposa murió hace dos años y desde entonces, siento un atenazador vacío durante las noches, cuando me tumbo en la fría cama matrimonial, ahora solitaria, vienen a mi mente los recuerdos felices. Recuerdo cómo poseía a mi esposa hasta que gritaba de placer con su hambriento coño devorando mi gruesa polla; recuerdo cómo se la tragaba hasta que me derramaba en su boca y recuerdo cómo me seducía con su erótica lencería de encaje.

Pero desde hace unas semanas, tenemos vecinos nuevos y han alterado el orden natural de las cosas.

Se han instalado en el quinto piso, un matrimonio de clase media de mediana edad.

Ella se llama Elena, tiene 34 años y un cuerpo esculpido para pecar; sus grandes y firmes pechos rebotan como globos llenos de leche cuando echa a andar; su redondeado y prieto culo pide a gritos que lo azoten hasta dejarlo en carne viva y sus mullidos y dulces labios parecen hambrientos e impacientes por tragarse mi polla hasta el fondo.

Su piel morena brilla como si estuviera aceitada y, cada día, a las cinco de la tarde baja a la piscina comunitaria del edificio con su diminuto bikini incapaz de cubrir sus pezones rosados o el contorno de su coño depilado, marcando claramente el bulto hinchado de sus labios mayores.
La observo desde mi balcón, oculto tras las cortinas y sujetando mi polla mientras la veo descender por las escaleras balanceando sus tetas con cada peldaño.

"Joder, que hembra", pienso, apretando fuerte mi polla dentro de los pantalones; me masturbo lento al principio, imaginando cómo la montaría allí mismo en la piscina, como enterraría mi polla en su coño mojado mientras el sol calienta nuestras pieles sudadas.

“!Ummmmm!!!” – jadeo cuando noto que me acerco al clímax.

Acelero la masturbación hasta que, finalmente, eyaculo y el viscoso semen empapa mi mano. Pero no es suficiente; quiero más, quiero controlarla, espiarla y hacerla mía.

Al principio, solo la observo cuando toma el sol en la piscina. Me sitúo fuera de su vista en el balcón, oculto y con los binoculares disfruto de cada uno de sus sinuosos movimientos; de cómo se unta la crema solar con sus manos deslizándose por sus torneados muslos hasta rozar el borde del bikini; casi parece que se esté metiendo un dedo en su coño para provocarme.

Y luego pienso en su marido, Pablo, ese imbécil de 36 años que, cada mañana, sale a las ocho en su coche gris hacia su oficina de contable, dejando a su diosa sola. "Cornudo, no sabes lo que tienes en casa; si fuera mi mujer no la dejaría sola ni un momento ", me digo con mi polla palpitando mientras la veo tumbada boca abajo, desatando sensualmente el top para broncearse la espalda.

Sus tetas se aplastan contra la toalla y fantaseo con acercarme, sigiloso, quitarle el bikini y meterle mi polla por detrás. Embistiendo su culo virgen mientras ella ahoga gemidos para no alertar a los vecinos.

Mi obsesión crece; no basta con mirar. Empiezo a controlar sus horarios. Me despierto temprano para ver cuándo sale Pablo, siempre a las ocho en punto, vestido con su traje barato, besándola en la mejilla como un hermano, no como un hombre que debería follársela salvajemente cada mañana.

Luego, Elena sale a las nueve al supermercado del barrio, empujando un carrito con sus caderas; contoneándose con sus shorts ajustados y marcando el surco de su culo. La sigo a distancia, oculto tras unas gafas de sol. Mi polla se endurece al imaginarla arrodillada en el pasillo de frutas, chupándome la polla mientras Pablo, encerrado en su gris oficina, está ajeno a todo.

"Cornudo, tu mujer compra verduras mientras yo fantaseo con llenarle la boca de semen", pienso, masturbándome en el coche después de verla salir ajetreada con las bolsas en la mano.

Investigo todo sobre ella. Descubro que trabaja media jornada en una boutique de ropa en el centro, de diez a dos, vendiendo lencería. Me la imagino probándose todas las prendas íntimas para que, luego, me pida que se las arranque con los dientes.

La sigo un día en autobús, viéndola entrar en la tienda y atendiendo a los clientes con su uniforme ajustado y una sonrisa encantadora.
"Pablo, tu mujer vende bragas mientras yo la espío imaginando que me la estoy follando contra el mostrador empotrándola como tú nunca has logrado". Me regodeo en mis pensamientos y mi deseo se convierte en un fuego que me quema.

A las dos del medio día regresa a casa y se prepara algo para comer, faena en la casa o ve la televisión. Puntualmente a las cinco baja a la piscina, cuando más aprieta el sol y se pasa una hora mostrándome sus curvas para que pueda admirarlas y masturbarme con ellas.

A las seis, cuando el sol deja de apretar va al gimnasio del centro donde hace yoga y cardio. Me inscribo en el mismo gimnasio solo para verla sudar con sus leggings negros que marcan cada pliegue de su coño y sus tetas rebotando en la cinta de correr.

Un día, en el gimnasio, me acerco más de lo habitual y la veo en la sala de pesas. Sus leggings se ajustan tanto a su piel que se marcan perfectamente los labios de su coñito mientras hace sentadillas; admiro ese delicioso coño reflejado en el espejo.

Mi polla se endurece tanto que duele y tengo que esconderme en el baño para masturbarme. Cierro los ojos y la veo tirada en el suelo, pidiéndome que le arranque los leggins, la abra de piernas y le chupe su coño sudado hasta que squirtee en mi boca. "Pablo, tu mujer se pone cachonda como una cerda en el gimnasio y yo me la follaría aquí sin pensarlo".

Los fines de semana son lo peor y lo mejor. Pablo está en casa, pero Elena sale algunas noches con sus amigas, un grupo de putas como ella, todas casadas pero insatisfechas. Investigo sus nombres a través de redes sociales; Elena tiene un perfil público donde sube fotos de sus salidas y puedo verla riendo con sus amigas brindando alegremente.

Algún sábado por la noche las sigo hasta un pub del centro; me mantengo a distancia, oculto entre las sombras y la veo bailar mostrando orgullosa su escote, contoneando su voluptuoso culo al ritmo de la música y rozándose con extraños. Pienso en acercarme, susurrarle al oído: "Elena, deja a ese cornudo de Pablo y déjame follarte en el baño, te clavaré mi polla en el coño mientras tus amigas esperan".

Pero me contengo hasta que no aguanto más y me veo forzado a ir al baño del pub para masturbarme convulsivamente y eyacular con fuerza sobre la tapa del retrete mientras me imagino tu boca repleta de semen. "Cornudo, tu mujer baila con otros hombres mientras yo la espío; ella merece una buena polla como la mía.".

Mi obsesión se profundiza; controlo cada uno de sus movimientos, la sigo, la espío, la conozco mejor que su propio marido.

Establezco una rutina diaria muy estricta, me despierto a la misma hora que ella, algunos días la sigo al supermercado o la boutique en la que despacha lencería o al gimnasio donde se entrena sin descanso, pero siempre, todos los días, puntualmente, espero que baje a la piscina y con esa parsimonia suya, coloque la toalla sobre la hamaca y se tumbe sobre ella. Con los binoculares observo cómo se acicala el pelo, cómo cruza las piernas y cómo sus pezones se endurecen bajo el sol.
Mis sentimientos son un remolino de deseo crudo que me hace palpitar la polla, siento ira hacia Pablo por no follarla como se merece, y siento un morboso placer imaginándomela desnuda, expuesta sola mí. "Cornudo, tu mujer es mi fantasía; yo la controlo sin que tú lo sepas y pronto se tragará mi semen".

La obsesión me consume y también investigo a Pablo; trabaja en una firma contable del centro, sale de su casa a las ocho y tarda casi una hora en llegar hasta su oficina. Trabaja hasta las cinco y regresa a casa sobre las seis, con el tiempo suficiente como para despedirse de Elena con un beso en la mejilla antes de que vaya al gimnasio. "Cornudo, no la follas como se merece; yo la embestiría cada noche y la dejaría con mi semen chorreando de su coño".

Mis sentimientos son oscuros, un amor enfermizo se apodera de mi cuerpo. Deseo a Elena, deseo poseerla y deseo amarla como se merece pero por otro lado siento cómo un venenoso odio hacia Pablo recorre mis venas por tenerla y disfrutar de ella sin merecerla.
Al caer la noche repaso los acontecimientos del día y decido que ha llegado el momento de tomar la iniciativa. Diseño un plan muy elaborado para seducirla y, relajado, con la vista fija en las pocas estrella visibles del firmamento asumo que más temprano que tarde, Elena, será mía.


CAPÍTULO 2

ELENA


Me llamo Elena, tengo 34 años y mi vida es una rutina cómoda pero predecible junto mi marido, Pablo, de 36 años.

Nos queremos o al menos eso creo; él trabaja mucho en su oficina de contable, sale a primera hora de la mañana y llega tarde, besándome en la mejilla cariñosamente aunque a veces me gustaría que me besara con la pasión de cuando éramos novios.

El sexo con él es funcional, rápido, en misionero la mayoría de las veces, su polla entrando en mi coño sin mucho preámbulo, sin apenas humedecerme eyaculando pronto dejándome con una desagradable sensación de vacío.
No es que me queje; soy una esposa fiel y amo a mi marido pero, a veces, cuando me masturbo sola en la ducha, imagino unas manos fuertes sujetándome y una polla más gruesa llenándome hasta el límite. Me siento culpable por desear algo más salvaje, pero los orgasmos que consigo son extraordinarios.

Cada día al ir a trabajar noto como me miran los hombres, el brillo en sus ojos observándome con deseo. Además mi cuerpo no me ayuda a pasar desapercibida; mis pechos son grandes y firmes, mi culo redondo se contonea sin que pueda evitarlo y mi coño se moja con facilidad cuando me siento observada.

Después de trabajar y comer algo ligero bajo a la piscina comunitaria para relajarme, me unto crema solar en los muslos hasta rozar el borde de mi bikini, sintiendo un ligero cosquilleo en mi clítoris que me hace cerrar las piernas. Sé que el vecino del segundo, Carlos, el viudo de 55 años me observa; es un hombre solitario, con su barba gris y su mirada intensa que a veces me pone nerviosa, pero nada más.

Hoy es un día como cualquier otro. Pablo se fue a las ocho besándome apresuradamente y yo me preparo para mi rutina diaria. Me levanto con el tiempo justo para despedirme de Pablo, preparo el café y me voy a trabajar. Salgo con tiempo necesario para poder ir andando, sin prisas y atiendo a los clientes con una sonrisa en la cara.

Al regresar a casa, hecho un vistazo por el balcón y compruebo que hace un día espléndido, de modo que me pongo mi bikini favorito; el rojo que marca mis pezones cuando hace fresco y deja ver el contorno de mi coño depilado si me muevo mucho.

Bajo las escaleras para hacer un poco de ejercicio, sintiendo mis tetas rebotar con cada peldaño, un recordatorio de lo sensual que me siento a veces, aunque Pablo no lo note. En el rellano del segundo me encuentro con Carlos. No es la primera vez que coincidimos, pero hoy me bloquea el paso sutilmente. Su cuerpo grande invade mi espacio y percibo su olor a hombre maduro mezclado con colonia cara. Me mira con sus ojos penetrantes y, de repente, me siento nerviosa, mi pulso se acelera y siento mi corazón palpitar. ¿Por qué me siento así? Soy fiel a Pablo, pero mi coño da un leve escalofrío involuntario.

—Buenos días, Elena —dice con su voz grave y ronca, como un ronroneo que me eriza la piel.
Sus ojos bajan a mi escote y juro que veo un bulto en sus pantalones. Pienso en Pablo, en cómo nunca me mira así y me siento culpable por sentir eso.

—Ah, hola, Carlos. ¿Bajando también? —respondo intentando sonar casual, pero mi voz sale un poco entrecortada. Trato de pasar, pero él no se mueve. De repente, con su brazo roza mi cintura accidentalmente y me hace estremecer; sin desearlo, mis pezones se endurecen visiblemente bajo el bikini.

—No exactamente; pero tú... ¡joder!, luces espectacular con ese bikini. — dijo dejándome tiritando.

—Gracias— acerté a responder con un hilo de voz.

—Tus tetas son una obra de arte, Elena. Me dan ganas de chuparlas aquí mismo, morder tus pezones hasta que chilles mi nombre.

Me quedo helada con mis mejillas ardiendo. ¿Qué demonios? Nadie me ha hablado así desde hace años. Pablo es dulce, pero nunca tan directo. Mi coño se humedece un poco, traicionándome, pero sacudo la cabeza.

—¡Carlos! ¿Qué dice? Estoy casada, Pablo es mi marido. Eso es... muy inapropiado.

Él se ríe y acercándose un poco más exhala su aliento caliente sobre mi cuello. Puedo oler su excitación y mi clítoris palpita. "No, Elena, ignóralo, tú eres fiel a Pablo", me digo, pero mi cuerpo no escucha.

—Inapropiado? Solo digo la verdad. ¿Tu marido te deja bajar sola a la piscina marcando ese coño bajo el bikini? Apuesto a que no te folla como mereces. Yo te metería la polla hasta el fondo y me follaría ese coño mojado hasta que suplicases piedad.

Mis muslos se aprietan involuntariamente, sintiendo una gota de humedad en mi bikini. Pienso en Pablo, en cómo anoche me folló rápido y eyaculando en pocos minutos sin apenas acariciar mi clítoris.

—¡Basta, Carlos! Pablo me ama, me respeta. ¿Qué te has creído? ¿Qué soy una vulgar fulana del extrarradio? ¡Déjame pasar!
Carlos roza mi brazo con su mano, un toque "accidental" que hace que mis pezones duelan de lo duros que están.

—¿Fulana? ¡No! Tu eres una diosa, Elena. Imagina mi lengua lamiendo tu clítoris, mis dedos en tu ano apretado mientras gritas de placer. No te reprimas más y acepta lo que eres. Una diosa del sexo y tú marido, si no se da cuenta de eso, acabará siendo un buen marido cornudo.
La palabra "cornudo" me golpea con dureza, pero en lugar de enfadarme, mi coño se contrae. ¿Por qué me excita? Soy fiel a mi marido, lo amo. Con un súbito empujón aparto a Carlos de mi camino y paso junto a él.

—¡Váyase al infierno! No vuelva a hablarme así.

Bajo las escaleras temblando, mi coño empapado rozando contra el bikini con cada paso. En la piscina siento mi corazón acelerado, me tumbo boca abajo desatando el top, pero no puedo relajarme. Mi mano se desliza bajo mi cuerpo, rozando mi clítoris hinchado y lo estimulo disimuladamente recordando las soeces palabras de Carlos; me siento culpable y sucia por traicionar a Pablo en mis pensamientos.

Al día siguiente, se produce otro encuentro en el segundo piso. Carlos me espera, de nuevo, interceptando mi camino.

—Elena, ayer no pude dormir pensando en ti. Ese culo tuyo... quiero azotarlo hasta dejar mi mano marcada en él y luego te follaré por detrás.
Mi corazón palpita irregularmente y mi coño se moja al instante.

—¡Pare! Soy fiel a Pablo. Él me folla bien, no necesito escuchar sus guarradas de demente.
Él se ríe y acercándose me dice:

—¿Folla bien? Apuesto a que no dura ni dos minutos y que su minúscula polla no te llena. ¡Mírate!, tus pezones duros me dicen que quieres sentir una polla gruesa dentro de tí.

Lo empujo, pero siento su erección rozarme.

—¡No! Él me ama, me respeta, y yo a él. ¡Váyase! Y déjeme en paz de una vez.
Bajo y, de nuevo, en la piscina me acaricio bajo el agua imaginando su polla en mi coño y odiándome por desearlo.
Los encuentros continúan. Al día siguiente, de nuevo en el segundo piso, Carlos vuelve a bloquearme el paso.

—Quiero chuparte las tetas, Elena. Pablo es un cornudo impotente.

— ¡Cállese! Pablo es bueno y me hace muy feliz —digo, pero mi coño chorreando me traiciona.

Al día siguiente, cuando bajé hasta el segundo y no lo vi, sentí una extraña sensación de vacío y, sorprendentemente, me alivió cuando tropecé con él en el descansillo del principal.

—Déjame tocarte, puta. Tu marido no sabe lo que se pierde trabajando tanto en su oficinita.

— ¡No soy tu puta! Soy fiel a Pablo, lo amo— grité, escapando, escaleras abajo. Pero esa noche, en la cama me follé a Pablo con una intensidad y pasión inusitada porque, en el fondo, me imaginaba la polla de Carlos metiéndose entre mis piernas. Pero antes de poder llegar al orgasmo Pablo, como siempre, eyaculó prematuramente.

Los breves pero intensos momentos en que Carlos me acosa están desestabilizándome, “¿Cómo se atreve? Ese viejo cerdo con su mirada lasciva y su voz ronca, hablando de mis tetas, de mi coño, como si fuera una puta cualquiera. Soy una mujer casada, fiel a Pablo, y él me respeta”. Pero, dios, ¿por qué mi cuerpo reacciona así?

Y cada día, irremediablemente, cuando me tumbo sobre la hamaca trato de relajarme y siento el bikini húmedo entre mis piernas. Mis pezones se endurecen haciéndome sentir cada minúsculo roce con la tela, y un calor traidor se extiende por mi vientre. "No, Elena, eres una mujer respetable", me repito, pero la imagen de su bulto en los pantalones y la promesa de una polla más gruesa que la de Pablo me hace apretar los muslos. Y sin darme cuenta, mi mano se desliza bajo el bikini, rozando mi clítoris hinchado y me corro furtivamente. Es un orgasmo culpable, lleno de vergüenza pero que me deja jadeando sobre la tumbona.

"Pablo, lo siento", pienso mientras derramo lágrimas de culpa.

“No me puedo guardar esto; tengo que contárselo a Pablo hoy mismo. Él me entenderá y lo resolverá”.

Repentinamente el día se estropea y el cielo se cubre con grises nubarrones que amenazan tormenta. Decido no ir al gimnasio para que no me pille la tormenta y, apresuradamente, voy al supermercado a comprar pescado fresco. Empujo el carrito con manos temblorosas con la sensación de que todos me observan como si supieran que estoy engañando, de pensamiento, a Carlos. Mis tetas rebotan con cada paso recordándome lo expuesta que me siento y mi coño palpita húmedo por el recuerdo. Me odio por ello, me odio por sentirme como me siento.

Por fin es la hora, Pablo llega puntualmente a las seis, como siempre, pero hoy le ha pillado por sorpresa la tormenta y está empapado.
Aún mojado me besa en la mejilla y se desprende de las prendas mojadas. Poco después, ya seco se sienta a mi lado en el sofá y me abraza cariñosamente pero sin pasión. Por un momento me lo imagino sujetándome con fuerza, desnudándome violentamente y clavándome su polla en lo más profundo de mi ser.

—Pablo, tenemos que hablar —digo, con voz temblorosa.

—¿Qué pasa, amor? Pareces agitada —responde, agarrándome la mano y acariciándome la palma con su dedo. Su preocupación es genuina, pero no hay fuego en sus ojos, no como en los de Carlos.
Respiro hondo sintiendo el rubor subir por mis mejillas.

—Es el vecino del segundo, Carlos. Lleva días acorralándome en las escaleras cuando bajo a la piscina. Me dice cosas... horribles, explícitas. Me habla de mis tetas, de que querría chuparlas, morder mis pezones hasta que gimiera. Dice que mi coño se marca bajo el bikini y que querría meterme la polla hasta el fondo. Me llamó... diosa y puta, dijo que tú no me follas como merezco, que tu polla es... pequeña, que no me llenas.

¡Me rozó! Pablo, sentí su erección. Estaba excitado, y... ¡me ofendió tanto!.

Pablo palidece, sus ojos se abren de par en par por la sorpresa.

—¿¡Qué!? ¿Ese viejo cerdo te dijo eso? ¿Te tocó? Elena, eso es acoso. ¿Qué le respondiste?

Me siento a su lado derramando lágrimas por mis mejillas.

—Le dije que parara, que soy una mujer casada, que me amas y me respetas. Que no soy una puta. Lo empujé y bajé corriendo. Me asustó mucho, cada día me acosa, pero... mi cuerpo reacciona y hace que me excite sin desearlo. Perdóname Pablo, me siento tan culpable... eres mi marido, te amo, pero ese hombre tiene algo que me excita. No sé si es su seguridad, su presencia o la vulgaridad con la que me habla. Tu nunca me hablas así, eres dulce, pero... ¿por qué me excitó tanto? ¿Estoy mal?

Pablo me abraza acaricia mi espalda con su mano, pero noto que su respiración se acelera.

—Elena, no estás mal. Ese tipo es un pervertido. Pero... ¡joder!, imaginarlo diciendo todo eso... sabes, me pone un poco... no sé. ¿Te excitó de verdad? Cuéntame más, amor. ¿Qué más dijo?

Lo miro, confundida.

—Dijo que quería lamerme el clítoris y meterme sus dedos en el culo hasta que gritase de placer. Que tú eres un cornudo y, si no me das lo que merezco, él me follará por todos los agujeros. Mi brazo rozó sin querer su polla y la sentí larga y dura. Pablo, ¿Quieres que vayamos a la policía?

Él traga saliva mientras que, con su mano, empieza a acariciarme el muslo.

—No, no creo que sea necesario. La situación me preocupa un poco, sí, pero... mierda, Elena, oírtelo contar me pone cachondo. Imaginarte allí, con él excitado por ti... pero eres mía. No hagas nada, ignóralo. Pero... ¿te mojaste de verdad? ¿Pensaste en su polla? ¿Se la tocaste?
Me sonrojo, sintiendo mi coño humedecerse otra vez.

—Sí... un poco, pero sólo te amo a tí, Pablo. Lo toqué sin querer, yo no lo haría nunca con él. Tú eres mi marido, me follas bien, aunque... a veces desearía que pusieras un poco más de pasión, que fueras más rudo y que en lugar de hacerme el amor, me follaras como a una fulana.
Pablo me besa en los labios, pero es torpe, no como la promesa cruda de Carlos.

—Yo también te amo. Hagamos el amor ahora, para que olvides eso — dijo excitado.

—¿El amor?

—No. Vayamos a follar desenfrenadamente como dos desconocidos.

Me lleva a la cama y, quitándome la ropa con manos temblorosas, sitúa su pequeña polla en la entrada de mi coño. Estoy mojada y a pesar de que me penetra y me folla con todas sus fuerzas no consigue hacerme sentir guarra.

—¡Ummmm! — gimo, pero finjo más placer del que siento.

Como siempre, Pablo eyacula rápido, dejándome insatisfecha, dejándome vacía y tengo que masturbarme en el baño, imaginando a Carlos follándome el culo contra la pared y haciéndome gritar de placer. "Pablo, lo siento", pienso, corriéndome desesperadamente.

Al día siguiente, en las escaleras, Carlos vuelve a bloquearme el paso. Mi corazón salta.

—Elena, otra noche sin dormir pensando en ti. Ese culo... quiero azotarlo y follarte por detrás.

Me ofendo, pero mi coño se moja.

—¡Pare! Se lo conté todo a Pablo y se enfadó mucho. Tuve que contenerle para que no fuera a tu casa y molerte a palos.
Carlos ríe.

—¡Ja, ja, ja!, tu cornudo no puede hacer nada contra mí. Tendrá veinte años menos que yo pero de una torta lo dejo knock out, además, mírate como vienes, toda mojada pensando en mí. Seguro que me estabas buscando porque, si realmente quisieras deshacerte de mí, habrías bajado en ascensor.

Lo empujo.

—¡No! Soy fiel. Váyase. — Aunque sé que tiene razón. Se que bajo andando y mi corazón se acelera cuando me acerco al segundo y estoy impaciente pare encontrármelo.

* * * * *

Esta noche, al acostarnos, Pablo, me preguntó:

—¿Volvió a acosarte?

Sí. Se lo cuento todo, palabra por palabra, y le confieso que a pesar de que sé que, me estará esperando en el rellano del primero, continuó bajando por las escaleras en lugar de usar el ascensor.


CAPÍTULO 3

PABLO


Me llamo Pablo, tengo 36 años, y mi vida se ha convertido en un jodido torbellino. Desde que Elena me contó que el vecino del segundo la acosaba, no puedo dormir. Estoy furioso, ¡coño! Quien coño se cree que ese maldito viejo de 55 años, Carlos, con su barba gris y su aire de macho alfa para acosar a mi mujer en las escaleras como si fuera una puta cualquiera.

Elena es mía, la amo y aunque yo no estoy especialmente bien dotado para el sexo ella me es fiel. Adoro ver esas enormes tetas rebotando cuando la follo y agarrarme de su carnoso culo.

Pero joder, cuando me contó lo que le dijo, con detalles explícitos, mi polla se endureció al instante. Estoy enfadado, quiero partirle la cara al viejo, pero no puedo evitar excitarme imaginando la escena; Elena acorralada con sus pezones duros bajo el bikini y su coño mojándose con las palabras sucias de ese cerdo.

"Cornudo", dijo refiriéndose a mí y me cabrea pero también me pone cachondo. ¿Qué coño me pasa? Soy un hombre normal, un contable, un hombre de éxito, con un buen trabajo, un buen sueldo y aun así no puedo evitar excitarme cuando Elena me cuenta que se imaginaba la polla de Carlos metiéndose en su húmedo coño sin contemplaciones.

Esa noche, después de que Elena me lo contara en la cocina, no pude contenerme.

—Elena, ese hijo de puta no tiene derecho. Ahora mismo voy y le parto la cara —dije temblando de rabia mientras mi polla presionaba contra su pubis.

Ella me miró con lágrimas en los ojos y me sujeto del brazo.

—¡Pablo!, ¡No!... no hagas eso. Puedes meterte en un lio. Sólo es un viejo. Me ofendió, me faltó al respeto pero... no quiero problemas. Solo ignóralo.

Pero yo no podía ignorar la excitación que me quemaba.

—Cuéntamelo otra vez, amor. ¿Qué te dijo exactamente? ¿Te rozó con su polla? ¿Te mojaste de verdad? —pregunté, acariciando su muslo y rozando su coño a través de la tela. Sentí la humedad y mi verga palpitó.

Elena se sonrojó y mordiéndose el labio dijo:

—Dijo que mis tetas eran una obra de arte, que quería chuparlas, morder mis pezones hasta que gimiera. Que mi bikini dejaba transparentar mi coño y que me lo arrancaría para clavarme su polla hasta el fondo. Me llamó diosa reprimida, dijo que tú no me follas como merezco, que tu polla es... pequeña. Me rozó el brazo y sentí su erección contra mí. Pablo, me excitó mucho, mis pezones se endurecieron y mi coño se mojó. Me siento tan culpable...

Joder, oírla decir eso me enfureció y me excitó a partes iguales. Imaginé al viejo cerdo presionándola contra la pared, su polla dura rozando su muslo, mientras yo estaba en la oficina contando números.

"Cornudo", volvió a resonar la maldita palabra en mi cabeza, y mi polla se endureció más.

—Pablo... — me dijo Elena, — realmente ¿te excita eso? Dios, a mí también... pero lo rechacé. Soy tuya.
La llevé a la cama, arrancándole la ropa con una furia que nunca había mostrado y, haciéndole rebotar sus tetas se las chupé y mordí sus pezones tal y como Carlos había descrito.

—Toma esto, amor. Ese viejo no te tocará, porque soy yo el que te folla — gruñí penetrado su húmedo coño de una estocada. La embestí duro imaginándome a Carlos follándosela, humillándome y eyaculé rápido junto a Elena que también se corrió gritando y acariciándose el coño.

Al día siguiente, Elena me contó que Carlos la acorraló otra vez en el segundo piso.

—Me dijo que no pudo dormir pensando en mí, que deseaba azotarme el culo y follarme por detrás. Que tu polla es pequeña, que no me llenas. Me enfadé, lo empujé, pero... ¡Pablo!, me mojé otra vez.

Estoy enfadado, quiero confrontarlo, pero la excitación me consume. De nuevo, esta noche follamos y, de nuevo, me la imagino en brazos de Carlos.
"Cornudo", pienso y me excito más.

Los días pasan y Elena me cuenta cada uno de los encuentros; cada día Carlos le dice que quiere chuparle las tetas y que soy un cornudo, pero cada día Elena lo rechaza aunque no puede evitar que su coño se empañe. Luego, por la noche me lo cuenta, nos excitamos y follamos desenfrenadamente. Estoy furioso con el viejo, pero no puedo evitar masturbarme en el trabajo pensando en ello. Además, desde que ha empezado a acosarla, Elena, está más receptiva y cada noche hacemos el amor.

Al final no aguanto más. Esta noche, después de que Elena me contara su último encuentro decido confesarle mi más secreta fantasía.

—Elena, amor, he estado pensando... —digo acariciando su muslo tiernamente con una mano y frotando su coño con la otra.

—Estoy furioso con ese cerdo, pero... ¡joder!, me excita tanto que te diga esas cosas... Además, cuando regresas a casa follamos como cuando éramos adolescentes. ¿Qué te parece si juegas un poco con él? Solo para calentarlo, nada más. Déjalo que te roce, que te diga guarrerías pero, al final, recházalo. Que se joda, que sufra con la polla dura sin poder follarte. Sería nuestra venganza.

Ella me mira sorprendida pero su coño se humedece al sentir las caricias de mi mano.

—Pablo... ¿en serio? Me excita la idea, pero... soy fiel. ¿No te da miedo? Podría ser peligroso.

—Un poco sí, pero eso aún me pone más. Imagínalo: lo calientas, lo dejas cachondo, y vuelves a mí para que te folle. ¡Que se joda el viejo!
Elena gime aprisionando mi mano con sus piernas.

—Dios, Pablo... haré lo que me pides... lo haré para ti. Lo calentaré y lo rechazaré.

Esa noche, la folle imaginando la escena con mi polla embistiendo su coño mientras gritábamos de placer.
Ya relajado y sin el morbo de la excitación medité con lo que acababa de pasar y me entraron las dudas. ¿Ha sido buena idea proponerle eso a Elena?


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